Agrupación de Cofradías de Antequera

Plantilla creada por Conexanet

(1988) D. Mauel F. León Bailen - El Pregón

 

PREGÓN

Ilmo. Señor Alcalde.

Distinguidas autoridades.

Reverendo Capellán de la Agrupación de Cofradías.

Ilustres miembros de la Junta Directiva de la Agrupación de Cofradías.

Venerables cofrades de las Hermandades de Pasión y de Gloria.

Queridos compañeros de magisterio.

Señoras y señores, antequeranos todos, los que me honran con su presencia y los que, como la buena simiente, andan esparcidos por los confines de la tierra.

 

Perdonen el atrevimiento de este osado antequerano que, amparado en tan honorable titulo, mérito sólo de sus antepasados, aparece ante Uds., en este Domingo de Pasión, para proclamar el Pregón que, como hombre de pueblo llano, nace más de su corazón que de sus entendimientos.

 

Quisiera poseer la erudición de los ilustres personajes que me han precedido en este menester, entre ellos mi buen amigo Francisco José, que, inspirado más en la amistad y el compañerismo que en la verdad, ha hecho, con sus alabanzas, que me sienta aún más avergonzado de mi osadía.

 

Gracias por tus palabras, Paco Pepe.

 

Gracias HERMANO-COFRADE, nacido en el seno de la Hermandad malagueña. Mártir de una pasión que te llevó a ser alma del Congreso de Hermandades y Cofradías Andaluzas celebrado, hace apenas tres años, en nuestra ciudad, que premió merecidamente tus desvelos haciéndote su Pregonero de 1.987 y que ayer, en el Teatro Cervantes de nuestra capital, volviste a mostrar tus dotes de orador y conocedor profundo de la vida cofradiera pronunciando un magnífico Pregón de tu Semana Santa Malagueña.

 

Gracias, maestro. Gracias por lo que para mí supone que seas precisamente tú quien se haya dignado presentar al que, a partir de hoy, toda Antequera conocerá, más que como Pregonero, como el atrevido vocero de la Semana Santa de 1.988.

 

Gracias queridos amigos de la Agrupación de Cofradías por el honor que me concedéis al confiarme misión tan digna y por mí tan poco merecida de ser Pregonero de vuestra obra más querida: LA SEMANA SANTA DE ANTEQUERA.

 

A vosotros continuadores de los Ruiz Burgos y Ruiz Ortega, discípulos fieles de Carrasco Panal, quiero felicitaros por el empeño que ponéis en conservar nuestras tradiciones y minimizar las diferencias que siempre han existido y que de alguna forma son aderezo de la religiosidad popular que pretendéis rescatar de su trivialidad callejera para fundirla en nueva espiritualidad cristiana.

 

Ignoro las razones que habéis tenido para concederme vuestra confianza.

 

A vosotros y a los oyentes, puedo asegurar que he procurado corresponderos poniendo todo mi corazón en estos pliegos, que he pergeñado con la mayor entrega de que soy capaz, para proclamar ante propios y extraños nuestra fe y nuestra tradición.

 

No pretendáis encontrar en ellos la calidad literaria a la que estáis acostumbrados, ni, mucho menos, una erudita disertación histórica, cosas ambas para las que no me siento capacitado

 

Pensad únicamente que quien hoy os habla es un antequerano, enamorado de su tierra, que la conoce y por eso la ama, y que las palabras que oís son sólo el rumor de la sangre antequerana que corre por sus venas.

 

Quiero agradecer también la colaboración de cuantos con sus palabras me han infundido valor para seguir adelante en este empeño, así como la ayuda que me han prestado facilitándome valiosísima información. Juan Vegas, Villalones González y Ramírez, Gonzalo Ruiz, Federico Esteban, Agustín Puche, Paco Rosales, Manolo Sotomayor, Santi Rafael Espinosa, Manolo Cáscales, D. Francisco Gálvez, Antonio Alcalá, Joaquín Ruiz... a todos mi más sincero agradecimiento.

 

Y a mi mujer y a mis hijos que han soportado mis trabajos y ausencias, incluso estando entre ellos, quiero arroparlos con mis palabras y que las juzguen con benevolencia ya que de alguna manera son también suyas.

 

Sólo una razón puede justificar mi presencia hoy ante Uds.

 

Cuando,  hace apenas dos meses, miembros de la Agrupación de Cofradías me proponían aceptase  la enorme responsabilidad de subir al estrado ocupado con anterioridad por consagrados oradores y doctos pregoneros como Francisco José González Díaz, Manuel Sotomayor, Rafael Artacho López, padre e hijo, Joaquín García Carrasco, Juan Manuel Moreno García, Manuel Cáscales Ayala, Luis María Ansón... entre otros, fue mi primera intención renunciar a tal honor, que en modo alguno merecía.

 

Pero, como antequerano que, al igual que otros muchos, pretende ir por esos mundos haciendo Patria, pregonando las excelencias de nuestra tierra; creí obligación irrenunciable hacer frente a esta responsabilidad pensando en tantos paisanos que se hubieran sentido orgullosos de semejante honor y que habrían aceptado con enorme complacencia la que en ellos hubiera sido merecidísima distinción.

 

Piensen en esos antequeranos que por diversas causas tuvieron que abandonar el fantasmagórico abrigo del majestuoso Torcal, fundadores de las Cofradías del Mayor Dolor o la Pollinica, como lo fueron, por ejemplo, Francisco Cordón Henestrosa y José Moreno Gutiérrez, por citar alguno, quienes podrían hablarles mejor que yo de nuestra Semana Santa.

 

O en D. Juan Muñoz Rojas, un hombre bueno, hacia el que siempre sentí una profunda admiración y sincero respeto. Desde el lecho de dolor estará pendiente de su Semana Santa, no en vano fue miembro activo de Cofradías de Pasión y Gloria. De haber sido posible él les hubiera demostrado con su profundo conocimiento el amor que los antequeranos han sentido siempre por sus Nazarenos y sus Vírgenes, y los sacrificios de los que han sido capaces por Ellos y por lo que esas advocaciones representan.

 

Y, entre muchos antequeranos-cofrades, otro fundador de la Pollinica que no hace tanto fue llamado a presenciar nuestros desfiles desde lugar privilegiado entre los escogidos, y quien sin duda hubiera estado más dignamente que yo, aquí, en este momento; Pepe Matas Vargas.

 

Por ellos y por lo que para ellos hubiera significado esta distinción, decidí aceptar el reto y poner todo mi empeño en hacer un pregón digno de ellos y de Uds. Un pregón digno de ese otro pregón de Gloria del COFRADE y EXPRESIDENTE DE LA AGRUPACION DE COFRADIAS que muere un Lunes de Resurrección tras haber querido proteger con su cuerpo el de su VIRGEN DEL CONSUELO.

 

Permítanme que recuerde también en estos momentos, de un modo muy especial, a mi padre, cofrade antequerano y soñador del resurgir de la Semana Santa de Antequera bajo los auspicios de una Agrupación de Cofradías como la que hoy rige los desfiles procesionales. Luchador infatigable contra los enfrentamientos cofradieros, defensor del más puro sentido religioso de nuestras procesiones, detractor perenne de su explotación turístico carnavalesca... para quien hubiera sido una enorme alegría estar hoy en mi lugar, y que, junto a mi madre, desde su hogar eterno, se complacerá, sin duda alguna, viendo a uno de sus hijos proclamar las excelencias y el sentido cristiano de nuestras Cofradías.

 

Este pregón es el suyo.

 

Junto a ellos aprendí a vivir y valorar nuestras manifestaciones de fe y ellos me enseñaron a aderezar con la salsa picante de la insinuación reticente el rescoldo de PASION COFRADE, sin llegar a enfrentamientos entre hermanos, evitando la zarza que podría herir profundamente corazones unidos en santa competencia por defender una misma doctrina protegida bajo distintos palios.

 

Recordándolos, acudí, PREGONERO DE ABAJO, a solicitar inspiración a la VIRGEN DE ARRIBA que el sábado de su tríduo me apreció tan bonita como mi VIRGEN DE LA PAZ, y de verdad que estaba guapa con su cabeza inclinada mirándonos piadosa, cuando yo la recordaba más altiva.

 

Y vibró mi corazón recordando otros tiempos en los que, niño, subía las cuestas el sábado de Piñata acompañando a mis padres, que eran de ABAJO, para honrar a NUESTRA MADRE DEL SOCORRO, porque para ellos por encima de rostros más o menos finos, de ricos palios bordados por religiosas manos, por encima de todo, estaba la fe en el Redentor y en su Santísima Madre.

 

Y mientras oraba soñé. Y soñé con un Año Mariano, año de coronaciones. Y con un último Domingo de Mayo convocando a todos los antequeranos a los pies del CRISTO DE LA SALUD Y DE LAS AGUAS, en el que cofrades de arriba y de abajo nos estrechábamos en abrazo de hermandad celebrando la coronación canónica de nuestras Vírgenes, reconciliados para siempre como buenos hermanos.

 

¡Qué hermoso hubiera sido ver a las dos Reinas, en tan señalado día, contemplar su Antequera desde el Arco de los Gigantes y acompañarlas a sus templos antes de encender los cirios de penitencia y rogativas en honor de su Divino Hijo!.

 

¡Habríamos sido tantos los antequeranos venidos desde los más lejanos confines para, en abigarrada multitud, acompañar al CRISTO que nos une sin distinción de clases ni cofrades, los que de ese modo habríamos tenido la ocasión de participar en tan magno acontecimiento!.

 

Y continué orando  y desde lo más profundo de mi ser solicité su SOCORRO y ayuda para salir con bien de este trance.

 

Quisiera haber sido en estos momentos aprendiz de poeta a la sombra de José Antonio Muñoz Rojas o Rafael de la Linde y, en versos diamantinos, poder celebrar como se merece nuestra Semana Mayor.

 

O poseer la impronta de Cristóbal Toral, Eloy García, Juan Macías o Jesús Gutiérrez, autor de ese magnífico cartel que mejor que yo pregona nuestra Semana Santa, para repintar esas hermosas paredes con los rostros de nuestros Cristos y nuestras Vírgenes, y plasmar así el amor que en ellos encerraron nuestros padres.

 

O dominar la oratoria como mi abuelo León Motta , para mantenerles absortos en el buen decir que tanto le distinguió y ganar las voluntades de todos ustedes para la causa que pretendo proclamar y defender, que no es otra que nuestra tradición.

 

Por desgracia para mí y para tormento ajeno, no me premió la madre naturaleza con ninguno de esos dones y por ello mi pregón será auténtico pero no lo lucido que ustedes merecen y deben esperar.

 

Es verdad que nunca he tenido gran dificultad en pregonar las excelencias de Antequera en cuantas tierras he vivido; bastaba sólo dejar hablar al corazón.

 

Pero pregonar la Semana Santa de Antequera a antequeranos, que sienten y viven con enorme entrega y apasionada intensidad afectiva las Cofradías y sus desfiles, es inútil empeño.

Por ello, concededme licencia y, puesto que estoy aquí, autorícenme con su benevolencia para que deje hablar a mi corazón y les cante y cuente lo que la Semana Santa supone y recuerda a un antequerano cuando está fuera de su tierra.

 

FUNDAMENTO Y SENTIDO EVANGÉLICO DE LA SEMANA SANTA.

 

El ser humano, al alcanzar su cenit vital e iniciar el declive hacia su ocaso, rememora constantemente sus vivencias, de las que toma modelo para transmitir a sus descendientes una tradición purificada en el crisol de la experiencia.

 

Naturalmente, esas vivencias son la tradición de sus mayores, quienes a su vez acrisolaron los valores religiosos, éticos, cívicos... recibidos de sus antepasados.

 

Y digo esto porque, en momentos en los que, tal vez por excesivo espíritu evangélico, se pone en duda la existencia del profundo sentimiento de fe origen de nuestros ritos populares, o en intento deliberado y ateizante, esta sociedad materialista pone en entredicho el carácter espiritual de la Semana Santa cofradiera pretendiendo realzar únicamente el aspecto artístico folclórico, en estos momentos, el alma de los sencillos creyentes se rebela y busca en sus entrañas las mil razones que demuestran el error de unos o la mala intención de los otros.

 

Verdad es que no siempre fueron los valores religiosos los que primaron a la hora de organizar nuestros desfiles procesionales. De todos es conocido que los antagonismos familiares y alguna que otra apuesta, en ocasiones, originaron apresuradas salidas de los titulares de las Hermandades.

 

No obstante, es obligado decir que también eran otros tiempos, otras mentalidades y aquellas actitudes no deben nunca criticarse fuera del contexto cultural, político y religioso que las rodeaban.

 

Vivimos momentos históricos en los que los cambios sociales obligan a reconsiderar posturas intransigentes y llevar a cabo la reconducción de conductas cristianas que han estado excesivamente mediatizadas por elementos extraños.

 

Pero no debemos romper con tradiciones que son manifestación de fe heredada de nuestros mayores y que de alguna manera deben servir para fortalecer y reformar nuestra vida práctica en consonancia con el espíritu del Evangelio y de las propias Cofradías.

 

Proclamar y defender sus excelencias, intentando exponer lo que en mi modesta opinión deben ser, constituirá el eje de mi Pregón, matizado por el profundo sentimentalismo del alma andaluza y antequerana.

 

Siempre nos han dicho que, cuando Jesús asiste a la Boda de Caná, santifica con su presencia el contrato matrimonial, convirtiéndolo en Sacramento.

O que cuando se retira al desierto nos insta, con su ejemplo, al ayuno y penitencia cuaresmales como medio de dominar las más humanas pasiones.

 

O que cuando en el Huerto de los Olivos suda sangre nos demuestra que el dolor es el camino de la santificación. Camino áspero y angosto que Él quiso recorrer en primer lugar para redimirnos y mostrarnos el VIA CRUCIS de la vida que conduce  a la RESURRECCION.

 

Convencidos de ello, los primitivos cofrades de las HERMANDADES DE FLAGELADOS crearon lo que con el devenir de los tiempos sería el origen de nuestras actuales cofradías.

 

Pero ¿han pensado alguna vez que cuando Jesús se deja vitorear en su ENTRADA TRIUNFAL EN JERUSALEN por quienes, precisamente días después, pedirán su muerte y gozarán con su crucifixión, han pensado alguna vez, repito, que en ese momento está bendiciendo cualquier manifestación multitudinaria de fe como nuestra Semana Santa?

 

¿No fue procesión lo que aquel Domingo de Ramos vivió el pueblo de David para convertirla días después en cortejo de Pasión, siendo en ambas ocasiones el protagonista principal el mismo HIJO DE DIOS?.

 

¿No cantaba y gritaba en ambas ocasiones el mismo pueblo?.

 

¿No lloraron su error y ensalzaron su DULCE NOMBRE, en demostración de la vanidad humana, reconociendo su divinidad cuando, tres días después de su muerte, se cumplen las primeras promesas que les había hecho?.

 

¿No amó Jesús tanto a esta humanidad voluble que hoy lo glorifica para mañana crucificarlo?

 

¿No la amó hasta el punto de morir por su salvación?.

 

¿Quién mejor que Él podía conocernos y aceptarnos como somos, incluso en nuestros éxtasis sentimentalistas frutos muchas veces de una fe humana y sencilla?

 

En la Historia de la Humanidad existen múltiples ejemplos de que el hombre por ser precisamente eso, hombre, necesita exteriorizar sus sentimientos, en algunos casos tan contradictorios como los expuestos anteriormente, cualquiera que sea su origen.

 

¿Qué son si no las ancestrales danzas o los ritos esperpénticos de los pueblos que nos han precedido en la Historia y que nosotros catalogamos de culturas rudimentarias?.

 

¿No son sus comitivas triunfales o funerarias las predecesoras de nuestras procesiones?.

 

¿No reclamaban con dichas manifestaciones la protección y la gracia de los dioses en los que firmemente creían?.

 

El pueblo andaluz, y especialmente el antequerano, nace del forjado de razas tan dispares como la constructora de los monumentos megalíticos, anuncio de nuestra prehistoria y aquella otra que procedente de Roma busca en la Vega el placer y el recreo.

 

O de la austera y sobria castellana y la árabe, folclórica y ritualista.

 

No en vano somos herederos de aquel amor cristiano y sarraceno que tiene su mejor monumento en esa ROCA ENAMORADA que rompe nuestra Vega.

 

Y si en momentos cruciales el antequerano sabe ahogar sus penas en lo más profundo de su corazón con la reciedumbre de su sangre leonesa, riojana, o aragonesa, no es menos cierto que un dolor o una alegría le hacen estallar multitud de veces en borbotones de plegarias o en enfáticos vivas.

 

Y así nacen, sin duda, los ayes lastimeros de la saeta y los ritmos vertiginosos de las bulerias; los lamentos cadenciosos de la soleá y el ritmo bullanguero del fandango; el arco de triunfo y el mausoleo. Y ¿había de ser la fe menos inspiradora que otros sentires?.

 

¿Hubiera sido posible la música gregoriana sin la fe?.

 

¿No son nuestros campanarios estalagmitas de fe que surgen, gota a gota, de los corazones creyentes de nuestros ancestros?.

 

¿No son nuestras imágenes fruto del arte espiritualista henchido de Pasión Evangélica de los Berruguete, Alonso Cano, Pedro de Mena, Mohedano, Carvajal, etc. ...?

 

¿No es el arte fruto del sentimiento?.

 

¿Cabe mayor demostración de apasionada fe que la que alberga el pelo de esa MAGDALENA que año a año, cada Miércoles Santo, parece esperar pacientemente tras el pórtico de San Sebastián la vuelta de su SEÑOR DEL MAYOR DOLOR para enjugar sus llagas y redimir en ellas con lágrimas de arrepentimiento errores pasados, mostrándonos el milagro de conversión posible por la fe en el perdón y en la infinita misericordia de nuestro Dios?.

 

¿No es el rostro de esa SOLEDAD, que este año, después de muchos de silencioso retiro, vamos a tener ocasión de ver por nuestras calles tras su Hijo muerto, no es un poema de dolor y resignación divinas ante los avatares de la vida y especialmente en los momentos en que nos sentimos privados de los seres más queridos?.

 

¿Es otra cosa que ESPERANZA el gesto de la Virgen cuando sigue al SEÑOR DE LA POLLINICA, con su rama de olivo en las manos, premonición de sudores de Sangre en el Huerto, invitándonos a confiar en alcanzar la gloria que su HIJO nos tiene prometida?.

 

¿Hay en algún lugar más CONSUELO cristiano que en el rojo manto de Nuestra Madre cuando al pasar tras su Hijo Misericordioso parece mostrarnos su oficio de Mediadora, dispuesta a acogernos en su regazo si a ELLA acudimos en busca de protección y ayuda?.

 

¿No sentimos esos SIETE PUÑALES DE DOLORES clavados en nuestro corazón al contemplar al HIJO FLAGELADO, APALEADO Y CAIDO bajo nuestras inconsciencias, sin poder ELLA prestarle la ayuda que precisa?.

 

¿No baja por nuestras cuestas, desde su arriba celestial, para derramarse entre los suyos, el SOCORRO de penas y tribulaciones, CIRINEO del alma cristiana que sufre?.

 

¿No es PAZ, en este abajo terrenal, saberse perdonados por el ETERNO, gracias al sacrificio redentor de la Cruz, y sentirse protegidos por nuestra MADRE CORREDENTORA que nos lleva tras el DULCE NOMBRE en ofrenda de arrepentimiento?.

 

¿No demandamos una BUENA MUERTE  en la fe de Cristo cuando acudimos a los pies de la Virgen  en su advocación de la VERA CRUZ, cruz que al igual que el SEÑOR DE LA SANGRE llevaremos no a la espalda sino al hombro y hacia delante para hacer frente al dolor y al sufrimiento con la esperanza en la promesa de una santa muerte?.

 

¿No solicitamos a nuestra MADRE su PIEDAD y ayuda cuando demostramos nuestro arrepentimiento y le pedimos nos RESCATE de nuestras humanas deficiencias y caídas para que cuando el Ángel del Paraíso nos arranque de este valle de lágrimas podamos gozar en la gloria de la TRINIDAD las promesas de su Divino Hijo?.

 

Estamos en el corazón de la TIERRA DE Mª SANTISIMA y ello justifica que tras la contemplación de escenas de Pasión: ORACION EN EL HUERTO, PRENDIMIENTO, FLAGELACION, CORONA DE ESPINAS, VIA CRUCIS, CAIDAS, CRUCIFICADOS... los antequeranos veamos siempre el rostro de la MADRE AFLIGIDA que, MADRE AMANTÍSIMA, sufre en silencio los errores y desventuras de sus hijos y es el refugio más ansiado para el hombre en las horas del pesar. MADRE que, protagonista silenciosa, lo guarda todo dentro de su corazón.

 

Las Cofradías y sus desfiles procesionales nacen, sin lugar a dudas, de esa profunda religiosidad, aunque también es cierto se ven envueltos en elementos excesivamente extraños que los cofrades, con buen criterio, intentan desterrar.

 

Y se hace especialmente necesario en estos momentos preservarlos de la explotación folclórica a la que pretendan o puedan pretender someterla quienes, en el fondo, sólo desean ridiculizar la fe del pueblo sencillo, descristianizándolo y sometiéndolo a la más infame materialización.

 

FINES DE LAS COFRADIAS.

 

Cuando, fruto de ese sentir evangélico, los cristianos hombres de la Antequera medieval deciden fundar las primeras cofradías de Pasión o Gloria, nacidas junto a aquellas otras gremiales de caldereros o zapateros, hortelanos, matarifes o curtidores, labradores o artesanos, lo hacen con su mejor intención de creyentes para conseguir tres fines claramente expresados en sus estatutos, desde los más antiguos hasta los más modernos.

 

Serán cofradías de ayuda espiritual a sus miembros en todos los avatares de la vida especialmente en los momentos decisivos de la muerte.

 

Por ello promueven la asistencia espiritual a los enfermos y los rezos y misas por los fallecidos.

 

Recuerdo, a este propósito, por ejemplo, ese silencio sepulcral que invade nuestras calles cuando, al pasar el trono de tal o cual advocación ante el cierro o balcón de un cofrade enfermo, los hermanacos, sin apenas pensarlo, al oír la dulce voz de la campana que en ese instante susurra un quejido en respetuoso silencio, se detienen y giran el paso llenando con su luz la alcoba e infundiendo en el corazón dolorido una ultima esperanza celestial regada por las lágrimas de allegados y vecinos, de parientes y de extraños.

 

¿Quién no ha visto,

en semejante ocasión,

una lágrima furtiva

en rostros curtidos

por el sol campero?.

 

¿Quién no ha vivido,

por desgracia, alguna vez,

tan crucial momento?.

Obra de caridad cristiana es

visitar a los enfermos.

 

Y los visita esa imagen,

embajadora del cielo,

y los hermanos que rezan,

hombro a hombro, junto al pueblo.

 

Y es el pueblo

el que llora en silencioso momento,

a aquellos seres queridos

de quienes aprendió a querer

lo que otros tanto quisieron.

 

Y junto a esa ayuda espiritual, dispensar ayuda material en las dificultades o necesidades más humanas, es otro fin, no el primero ni el último, pues difícilmente puede establecerse un orden prioritario en la realización de sus objetivos.

 

Para muchos pasó y pasa desapercibida esta función, por el sigilo evangélico que siempre han puesto en sus obras de caridad los cofrades antequeranos, obedeciendo aquel precepto que Él nos impuso.

 

“CUANDO DES LIMOSNA, NO SEPA TU IZQUIERDA LO QUE HACE LA DERECHA, PARA QUE TU LIMOSNA SEA OCULTA, Y EL PADRE, QUE VE LO OCULTO, TE PREMIARÁ”.

 

Y los cofrades han sabido siempre dar trabajo a quien necesitaba comer y buscar ayuda para el que necesitaba salir de una situación difícil.

 

No en vano las Cofradías se deben aplicar aquellos versos de Manrique:

 

“...Allegado son iguales

los que viven por sus manos,

y los ricos...”

 

Pues en ellas fueron siempre iguales el señorito y el obrero, el artesano y el burgués, y ninguno se sintió menospreciado u ofendido. Y si en algún momento pudo haber asomo de falta de caridad, rápidamente los demás hermanos procuraron corregir la situación y devolver las revueltas aguas a sus pacíficos cauces.

 

Tal vez, mejor que yo, pudiera hablar al respecto, las piedras de esas cuestas de la Antequera mora, o las de las calles de nuestra Antequera industrial que saben de cuitas y penas, de idas y venidas en busca o en prestación de socorro, de puertas que se cerraban mientras otras se abrían; vicisitudes de las que muchas veces sólo quedó visible el exvoto que un día apareció junto a la Virgen o al Señor, cualquiera que fuese la advocación a la que el agradecido se hubiese encomendado.

 

¿Acaso no eran cofrades de cualquier hermandad aquellos hombres maduros o jóvenes que cada domingo recorrían rutas de caridad para llevar el consuelo a los enfermos  y necesitados que confiaban en la ayuda de los Caballeros de la Conferencia de San Vicente?

 

¿No son hoy muchos de ellos los mismos que presiden las Cofradías?.

 

Grabada en mi memoria llevo, de tanto mirarla, una fotografía que mi padre me envió a Griñón por la Navidad de 1.952. En su reverso pone:

 

“RECUERDO DE LA ANUAL COMIDA DE HERMANDAD EL JUEVES SANTO, DE LOS VICENTINOS Y POBRES ENFERMOS CON SUS FAMILIAS QUE AQUELLOS VISITAN Y SOCORREN POR LA CONFERENCIA DE SAN VICENTE. ANTEQUERA 10 DE ABRIL DE 1.952”

¿Saben quienes aparecen en ella?. Sí, este pregonero con su padre y hermanos y Juan Vegas, García Ortiz, Paco Arcas, Pepe Villalón Ramírez, Santiago Calle, los hermanos Moreno Gutiérrez y muchos de ustedes que hoy me escuchan porque son cofrades.

 

Ya por aquel entonces practicaban esa caridad de la que sus estatutos hablan.

 

Por eso cuando todos los años veo nuestras imágenes enjoyadas volar sobre hombros de penitencia y pienso que esas joyas servirían para remediar muchas necesidades y dar un sentido más cristiano y caritativo a las cofradías, inmediatamente me rebelo porque creo que esas joyas son ofrendas de corazones agradecidos que renunciaron a lucirlas para que las llevara de allí en adelante la Madre que tanto había hecho por ellos. Corazones que se desprendieron de otras para dar su producto en ayuda de hermanos, sin pregones ni aspavientos.

 

Cierto que esos grandes tesoros de nuestros templos, de otros tiempos herencias, podrían contribuir a mejorar la situación en la que se encuentra muchos hermanos nuestros, pero me resisto a pensar que su enajenación sea el único remedio. Remedio por otra parte efímero al agotarse prontamente el producto obtenido.

 

¿Por qué no enajenar de forma más constante su usufructo o exponerlas en propios museos y con los donativos recogidos organizar el socorro que otros pueblos y el nuestro necesitan?.

 

Imagínate por un momento las monumentales iglesias de San Agustín, San Francisco, Santo Domingo o Jesús en las que los actos de culto son escasos convertidas en exposiciones permanentes de la fe de nuestros antepasados. ¿No sería esta fuente de ingresos un auxilio permanente a disposición de organizaciones caritativas?.

 

DONDE HAY CARIDAD Y AMOR ALLI ESTÁ DIOS.

POR SUS OBRAS LOS CONOCEREIS.

 

Y el cofrade, sabedor de su misión, es manifestación constante de ese Dios que él pasea una vez al año por entre el pueblo dándole a entender que toda su vida, día a día, año a año, obra de acuerdo con la fe en Cristo y que sus vivencias nacen del Evangelio, y de esta forma da cumplimiento a ese otro fin para el que fueron creadas las cofradías: Propagar a los cuatro vientos la fe de nuestros mayores esa fe que a Machado le hizo exclamar, refiriéndose a la saeta:

 

“...¡Cantar de la tierra mía,

que echa flores

al Jesús de la agonía

y es la fe de mis mayores...”

 

Aunque inmediatamente se revela, contra ese cantar al Cristo muerto y contra algunas formas populares de demostrar la fe cuando dice:

 

“...¡No puedo cantar, ni quiero,

a ese Jesús del madero,

sino al que anduvo en el mar!”

 

Pero el cofrade sabe conjugar muerte y vida, madero y mar y practica la caridad con los muertos, orando por ellos, y con los vivos mientras caminamos por este mar proceloso de nuestras vidas. Y de esa manera canta al Jesús del madero y lleva a la práctica lo que aquel otro Jesús vivo y caminante sobre las aguas enseñó.

 

Y como antes decía, en la Semana Santa el pueblo cristiano solamente manifiesta, porque así se lo exige su carácter y forma de ser, todo lo que durante el año ha llevado dentro y que le ha hecho sentirse solidario con los que sufren amando a los demás como Él nos amó.

 

Y si en algún momento fue débil ante las circunstancias, mientras ahora reza al paso del Cristo Caído que ha venido a buscarle entre la multitud, renueva sus ansias de perfección y se dispone a ser durante un año, al menos, el Cirineo, que agarrará la cruz de los demás, por amor al que la llevó sin culpa.

 

Y su alma, profundamente cristiana, conocedora de sus propios errores, prorrumpe en fervorosa plegaria, y se confiesa pecadora para inmediatamente hacer profesión de su fe y enunciar sus mejores propósitos. Y desgrana su mística plegaria al Crucificado.

 

Quise, Señor, del mundo vil fiarme.

Puse mis pies en sendas de placeres.

Me ofrecías altar en que inmolarme

y contesté que no sé yo quien eres.

 

Mas no esperé de Tí tanto alejarme

pues me lancé tras mis locos quereres

y no pensé que con tal entregarme

pude morir entre vanos placeres

 

Dame, mi Dios, la gracia que mendigo.

Dame el favor de sólo a Tí entregarme,

y, por piedad, en el destierro abrigo.

 

Ya, Buen Jesús, me quedaré contigo.

Sólo de Tí, Señor, debo fiarme.

Sólo a tu amor podré llamarle amigo.

 

Y cuando extraños y amigos presencian junto a él los desfiles procesionales está predicando su fe y es misionero en un mundo lleno de envidias y engaños. Y para muchos ver estos ritos tan aparentemente extraños es llevarlos a buscar en las raíces más profundas de los mismos la fe que los ha movido.

Éste y no otros es el sentido que fluye de nuestras cofradías y sus desfiles procesionales, a pesar de ese hálito de irreverencia idolátrica que aparentemente los envuelve.

 

PASAJES VARIOS DE LA SEMANA SANTA DE ANTEQUERA.

 

Cofradías que cuando aún se oyen los rumores del carnaval pagano llaman a sus miembros a meditar en la Pasión y a practicar los ayunos y penitencias cuaresmales y los convocan en sus templos para dedicarles a sus imágenes sagradas los cultos en triduos, quinarios, septenarios y novenas.

 

Los que llevamos en nuestras sienes las huellas del paso de los tiempos, recordamos, no sin emocionarnos aún, a los oradores sacros que en las funciones del Socorro o la Paz, los Dolores o el Consuelo, nos sobrecogían con sus sermones grandilocuentes, muy al uso en aquellos tiempos, y nos hacían sentirnos ruines para encender en nuestras almas los más fervientes deseos de santidad.

 

Y entre palabras y palabras, padrenuestros y glorias, la voz del órgano acariciado por las manos del insigne maestros García Mármol, o los lastimeros suspiros del violoncelo rasgados por D. Enrique, que acompañaban los cantos de aquel coro de jóvenes que hoy ya no lo son tanto, e incluso algunos de ellos hoy nos contemplan desde el coro celestial.

 

Y los que entonces éramos niños, temblábamos sin saber por qué, casi escondidos, en los sitiales del coro de Santo Domingo o en los últimos bancos de Belén o Jesús, o tras las columnas de San Pedro, sintiéndonos objeto de aquellas reprimendas que apenas entendíamos.

 

Y no queríamos bajar del coro por aquel centenario claustro de Santo Domingo, ni pasar junto al cuarto del predicador, ni cruzar la sacristía por temor a ver levantarse las losas que cubrían las sepulturas.

 

¡Tan próxima estaba para nosotros la resurrección de la carne que el predicador nos había anunciado!.

 

Estas funciones son y eran comunes a las cofradías de Pasión y Gloria en cumplimiento de sus fines, siendo alimento espiritual para sus siervos y promoviendo la adoración al Dios único a través del culto a las advocaciones más diversas de la Virgen o el Señor.

 

En nuestras mentes se mezclaban y aún se mezclan Semana Santa y mes de Mayo, Procesiones y Novenas de Caminatas a San Juan, tal vez porque en nuestro subconsciente veíamos a las Cofradías de Pasión y Gloria nacer de una misma fe y de una misma necesidad de creer en ese Ser Supremo que no se limitó a crearnos sino que además, en prueba de su amor, nos redimió misericordiosamente de nuestras propias culpas.

 

Y en nuestro miedo veíamos fantasmas vestidos con austeras túnicas y blancos roquetes subidos en los púlpitos, hablándonos de premios y castigos.

Y oíamos a nuestros padres comentar que el sermón había sido sobrecogedor, digno de oírse con atención y practicarse con premura.

 

Y, junto a estos, otros comentarios sobre el magnífico orador al que se le adjudicaban toda clase de epítetos glorificadores y se le comparaba con los de años anteriores. E incluso en estas apreciaciones, surgía el gusanillo del cofrade que comparaba con las funciones ya celebradas en el mismo año y siempre resultaba que el predicador era mucho más serio que el de la otra cofradía que “se había lucido trayendo uno de tres al cuarto”.

 

Y de verdad que a los mas jóvenes, muchas veces, nos costaba ímprobos esfuerzos llegar al entendimiento de todo aquello, las disputas y los retos, que nuestros padres procuraban no llegaran a mayores, pero nos gustaba oírlo y aún hoy nos gusta poner su poquito de acíbar que estimula a conservar y mejorar nuestras tradiciones cristianas.

 

Tuvieron que pasar años, años de estar lejos de nuestras tierras, años de recibir con más juicio y mejor entendimiento la doctrina cristiana, para que poco a poco fuéramos comprendiendo que todo aquel guirigay almacenado en nuestras mentes tenía algo en común con el Evangelio que nos predicaban. A pesar de las disputas entre Narváez y Chacones, Cuadras y Gálvez, Arreses y Ruiz, Rosales y Leones, etc.

 

Y ahora, cuando asistimos a las funciones y oímos en otro lenguaje más sencillo al oficiante, nuestros San Pablo, que no se sube al púlpito sino que nos habla cara a cara desde el altar y nos insta a demostrar nuestra fe mediante la caridad hacia nuestros semejantes, comprendemos que, sobre las modas, ha permanecido siempre el mismo espíritu, plasmado en actitudes más de acuerdo con las palabras evangélicas pero que de alguna manera eran las mismas que tanto nos asustaron en otros tiempos y cuyo cumplimiento tan difícil nos parecía, y aún nos lo sigue pareciendo.

 

Ese Evangelio convertido en rito que tal día como hoy hacia desaparecer las imágenes tras morados velos invitándonos a prescindir de lo efímero de la Religión para concentrar nuestro pensamiento sólo en el GRAN MISTERIO DEL AMOR que es la Redención. Velos que al igual que el del Templo de Jerusalén se rasgarían a los acordes del Gloria de Resurrección.

 

Y el pueblo sencillo, ese pueblo que pasa fácilmente del Carnaval festivo al austero Viernes Santo, viviendo ambos con igual intensidad; ese pueblo que parte la Cuaresma con el pequeño festín de la “VIEJA” apaleada por la chiquillería, vive el Evangelio a su manera, a la manera que le enseñaron sus mayores.

 

Y por eso la Semana Santa es un compendio de su fe y como no puede guardarla en el arca porque necesita proclamarla a los cuatro vientos se prepara durante todo el año para pasearla por sus calles, entre propios y extraños, creyentes o ateos, sin impórtale el qué dirán porque se viste la túnica y el esparto para pisar con sus pies descalzos el camino que tantas veces recorre para ir a su trabajo.

 

Y enciende un cirio al Señor, arrepentido de habérselo encendido alguna vez al propio diablo, o en cumplimiento de promesa hecha en momentos de necesidad.

 

Y cuando estamos lejos de nuestra tierra apreciamos con más fuerza estas vivencias y nos aferramos a ellas y nos gusta recordar.

 

ANÉCDOTAS SEMANASANTERAS.

 

Y recordamos las idas y venidas a casa de Talavera para repartir las túnicas de Abajo, aquellas armadillas que luego los de Arriba se encargarían de llenar de cera o pisar para tirar por los suelos el buen orden del desfile.

 

Sí Don Gonzalo, no pretenda ocultar su sonrisa, Vd. era precisamente uno de aquellos que nunca nos perdonaban que los nuestros llevaran túnicas reales. Pero que luego, cuando Vdes se vestían de campanilleros de lujo, lo mismo que los de las demás cofradías, arrastraban todos parecidas colas aunque llevaran más oro. ¡Y qué monos estaban ustedes con los tirabuzones!

 

Bien es verdad que mi hermano también salió un año. Y yo, no sé por qué, me quedé con las ganas.

 

Había algo que siempre nos gustaba y procurábamos ver varias veces cada día de Semana Santa, cortando camino por calle la Tercia o Comedias para ir de Cantareros a Estepa, y que hoy nos resistimos a perder por más que comprendamos que tal vez tengan razón sus detractores, eran los desfiles de las armadillas.

 

Bandas al paso de marcha, Regulares, Legionarios, Guardias Civiles de Lujo y detrás capirotes y hermanacos caminando al encuentro de sus templos, anunciando el recorrido que harían cuando volvieran cargando sobre sus hombros las imágenes titulares, depositarias de la fe de sus padres y abuelos que antes que ellos portaron los mismos pasos y en los mismos puestos.

 

Cerrando el cortejo la Banda Municipal de Música, y delante el Maestro Mohedo.

 

Y luego más carreras para que nos diera tiempo a ver salir las imágenes.

 

No nos perdíamos ninguna, ya fuera el Rescate o el Consuelo, La Pollinica o el Mayor Dolor. Desde San Pedro aún hoy nos gusta ir hasta la Plaza de Santiago para presenciar ese encuentro que más que procesión parece Vía Crucis Nuevo.

 

Cristo Flagelado.

Caído y Crucificado.

Dos Marías van tras ellos,

título de Madre ostentan ambas.

Consolación y Dolor

las llaman sus nazarenos.

 

Salidas de Santo Domingo y Jesús. ¡Había que verlas! ¿Cómo si no íbamos luego a criticar lo mal que habían salido los tronos de Arriba?

 

Con el arte que mandaba Sebastián Herrero y Juan Quintana no había un Rosales capaz de hacerlo.

 

Claro que del Tío Pepe Rosales fue el mérito de sustituir aquellos timbres, que en nuestros oídos sonaban más a zaguán que a procesión, por las austeras campanas que hoy avisan los paros y arranques previniendo a los hermanacos que meterán las horquillas o las quitarán haciéndolas golpear el suelo al ritmo del redoble del tambor.

 

Y al filo de la medianoche, ese correr delante o detrás del trono, ayudando con nuestros gritos a los hermanacos para subir  ¡A la Vega!. Hasta el atrio del templo.

 

Hasta en eso somos diferentes. Rescatamos de la Historia frases tan expresiva para emplearla como grito de ánimo y con sentido contrario al de huida hacia el único lugar abierto que los sitiados tenían para escapar del sitiador.

 

Y disfrutamos explicando a los que nos visitan esa y otras historias.

 

Como aquel hortelano del Arroyo de las Adelfas que con su hijo, el más pequeño, hace de esto más de treinta años, corría la Vega de la Virgen de los Dolores.

 

Los Cerretes de entonces no eran lo que son ahora.

 

Tosca y regueros solitarios

llegaban hasta la cochera

de aquellos caballos

empenachos de luto.

Hasta su misma puerta

subían tronos y hermanacos

en pesada carrera,

llevados por la multitud que gritaba:

¡A la Vega!

 

El chiquillo ya creía que la Virgen la encerraban aquel año en su huerta.

 

Desilusión.

 

El padre lo consolaba y le decía que la Virgen se quedaba en Belén, pero antes tenía que bendecir las huertas de la puerta de Granada lo mismo que la del Consuelo hace con las de la Estación, y por eso se asomaba para desde los Cerretes verlas.

 

Al día siguiente vuelta a correr las Vegas del Socorro y de la Paz. Y llegando a Santo Domingo el zagal que le espeta: Padre ¿qué huertas bendice esta Virgen?.

 

Y el padre se desespera y como último recurso le dice que aquel es un grito de guerra contra la gente de Arriba, porque ellos no tienen huertas y la Virgen del Socorro, al menos, tiene que bendecir las fábricas de la Rivera y a los agricultores que todos los años, desde las inhóspitas tierras de las faldas de Torcal, entregan a Dolorcitas el trigo con que costean la salida de su Virgen, para ellos, la más bonita de toda Antequera.

 

Y Dolorcitas este año ya no verá la Vega. Pero seguro que allí arriba se encontrará con el Mudo, sí con el de Santo Domingo, y

 

¡ay, Dios mío, la que os espera!.

Sacristana y Sacristán,

las dos personas muy buenas.

Una de Arriba y otra de Abajo,

seboso y cochinera.

 

Yo Señor me bajaría

corriendo por esas cuestas

y los dejaría a ellos

hasta que saldaran cuentas.

 

Mas, perdona Dulce Nombre,

esta breve irreverencia,

y acoge sus almas benditas

como ellos, en vida, te acogieran.

 

PROCESIONES.

 

DOMINGO DE RAMOS.

 

Y recordamos aquella mañana de Ramos, mañana luminosa de mantillas y estrenos, allá por los años cuarenta, en que esperábamos ansiosos acabara la Procesión y la Misa, deseando que el sacerdote no cantara la Pasión, ¡qué larga nos parecía!, para volver a casa llevando la palma, venida de no sabíamos dónde, y colgarla en el balcón rizada y adornada proclamando un año entero aquel hosanna que había brotado de nuestras gargantas.

 

Llegarían los años cincuenta.

 

Muchos de los que ahora me oyen recordarán probablemente aquella oportunidad que se nos presentó de tener nuestra propia Cofradía, la de los niños.

 

Aquel correr a nuestras casas después de clase porque Federico, Villalón, Moreno, Santiago el del carrillo... habían ido al colegio para decirnos que si queríamos podíamos salir en la procesión del Domingo de Ramos.

 

Y los llantos porque nuestras madres no tenían tiempo para hacernos la túnica.

 

Y las zalamerías con que las regalamos mientras decíamos:

 

“¡Anda mamaita!... ¡Si ni siquiera tienes que preocuparte de comprar la tela!... ¡Si nos la regalan!... ¡Sólo tienes que decirle a...! (y aquí poníamos el nombre de quien debía ser nuestra hada madrina), ¡Sólo tiene que decirle que nos la haga...! ¡Pero si es muy fácil!... Mira...”

 

Y, con explicaciones entrecortadas por sollozos fingidos, conseguíamos salir acompañando al Señor de la borriquilla, y cantarle nosotros solos, sin nuestros padres, los mismos cantos que el Evangelio nos cuenta entonaron otros niños con los que en esos momentos nos sentíamos identificados.

 

La Pollinica se vería pronto acompañada por una Virgen que sería Consolación y Esperanza como lo es la comitiva blanca tocada de turbantes que las acompaña.

 

Crecería aún más y pondría, en cristiano contraste, una oración detrás de la triunfal entrada, dolor y gozo ante divina Esperanza, y como las grandes cofradías tendría tres pasos y un recorrido igual de importante y como hora solemne escogería esa embrujada de las cinco de la tarde.

 

Y aún hoy se repiten esas escenas.

Y se repetirán,

mientras en esta cristiana Antequera

haya niños que quieran continuar

la joven tradición

de aquellos años cincuenta.

LUNES SANTO.

 

Los incipientes cofrades crecerán y mañana serán Estudiantes y lucirán trajes oscuros y lazos verdes para llenar UN Lunes Santo que, como el Martes, habían sido siempre días en los que el silencio evangélico sobre Jesús se plasmaba en la noche silenciosa de nuestras calles.

 

Pero el fervor cofradiero se hacia joven y pedía un sitio en los desfiles.

 

Buscan en los archivos y hacen resurgir con nuevo espíritu la Cofradía de Flagelantes, recuperando y procesionando las hermosas tallas de Nuestro Padre Jesús de la Sangre, del Cristo de la Buena Muerte y la Virgen de la Vera Cruz, que albergan en el templo más arcano de la Villa y que ellos mismos conservan y restauran, testimonio de que la fe del pueblo no puede morir y promesa de grandes ambiciones.

 

Su labor de investigación continuará y lograrán rescatar del olvido Estatutos y estandartes, palios y varales que mostrarán orgullosos al pueblo antequeranos aunque no los procesiones.

 

Y año a año se renuevan y aumentan sus cofrades, simiente fecunda de tradición y fe.

 

Como el oro viejo y la plata ennegrecida por el tiempo se irá asentando lo que un día comenzó como grito de independencia de juventud y enraizará en el tiempo y dejara de ser etapa transitoria del cofrade para consolidarse en hermandad estable que recibe cada año nueva simiente.

 

Sus bodas de plata los enorgullecerá y no serán ya baja cuando cual avecillas emancipadas busquen nuevos nidos.

 

Seguirán siendo estudiantes de otra vida pero cofrades de su Cofradía Verde.

 

Y el Gaudeamus llamará al silencio y recogimiento cuando por las calles de Antequera, el Lunes Santo, pase el río de sangre joven promesa de fe renovada, vistiendo, acaso por vez primera, negra mantilla y negros trajes.

 

Y muchachas quinceañeras,

y sus mocitos galanes

lucirán hermosas galas

diciendo que son cofrades

de una Virgen y de un Cristo

que no hay quien los iguale

por su tradición y fe,

por su piedad y su arte.

Y el día del Lunes Santo

alegrías y pesares

los pondrán ante la Virgen

¡y que el Señor los ampare!.

 

MARTES SANTO.

 

Había en la Trinidad un Cristo del que nos contaban que había sido liberado del poder sarraceno por unos frailes trinitarios pagando su peso en oro, y

 

¡Oh insigne milagro!

El Nazareno Bendito

no pesó más de dos gramos.

 

El primer viernes de Marzo íbamos a besarle los pies y entregarle tres dineros a cambio de pedirle tres gracias, ¡qué humano trueque!, de las que, según nos contaban, sólo nos concedería la que más necesaria fuera para nuestra salvación.

 

El pueblo en su religiosa superstición, estaba tan convencido y lo está todavía, y es tanta la fe que tiene en la Divina Misericordia, que cuando poniendo, eso sí, todo el empeño de su parte consigue una de las peticiones hechas lo considera el milagro que con tanto ahínco pidió.

 

Y no está ciertamente equivocado porque de alguna forma ese ir con fe ciega a pedir lo que necesitaba fue, cuando menos, una ayuda al esfuerzo sobrehumano que supo poner en su empeño, y esa fue, tal vez, y no otra, la gracia que el Rescatado le otorgó.

 

El socorrido, en agradecimiento a los muchos favores recibidos, cumple promesas, da limosnas, ayuda a sus semejantes, y llega el momento en que se plantea proclamar su agradecimiento en forma de cortejo tras el que tanto hizo por él.

 

Y un buen día, mediados los cincuenta, esforzados creyentes y siervos agradecidos, organizan su salida procesional en acción de gracias o en promesa luminosa.

 

Largo reguero de cera exornado de mantillas, de rosarios, plegarias y buenas nuevas saldrá de la Trinidad, subirá empinada cuesta. Por la Vega, hará un breve requiebro al barrio campesino en el que se asienta y llevará su grito de Piedad hasta el más recóndito rincón rescatando al hombre del dolor humano para llevarlo al gozo divino.

 

Y será Saeta de una Niña Antequerana la que hendirá el aire en los Cruces de calles antequeranas que unen en una estrella sus nombres sevillano y cordobés, y se alargará hasta la Cruz Blanca para proclamar la gloria del Nazareno Rescatado y pedir clemencia a la Virgen de la Piedad que vuelve a su templo con las campanas de la medianoche.

 

La penúltima saeta volará sobre el gentío.

Y Vos, Jesús Rescatado,

Y Vos Piedad bendecida,

acoged a vuestro lado

esas ánimas benditas

de tantos que os alabaron.

 

Y los vivas de la Trinidad sosegarán los sueños de Antequera en el Martes Santo.

 

MIÉRCOLES SANTO.

 

Fue un Martes Santo, pocos años antes.

 

Jóvenes ilusionados, procedentes en su mayor parte de los grupos parroquiales de Acción Católica de San Sebastián, enardecidos en ansias de perfección y valorando justamente la demostración de fe que todas las Semanas Santas llenaban las calles de Antequera, pretenden purificar las procesiones de su tinte profano y organizar las salidas de imágenes tan representativas como el Cristo y la Virgen del Mayor Dolor, en comitivas de penitencia.

 

Serán los propios hermanos los que vestirán las burdas túnicas negras ajustadas con cíngulos de esparto y alzarán al cielo sus luminarias silenciosas, enhiestas muchas veces sobre pies descalzos.

 

Todos a igual distancia, sin distraerse ni un momento, rezarán en el recorrido Avemarías y Padrenuestros pidiendo al Cristo Perdón e implorando de su Virgen Sacrosanta ayuda en el dolor.

 

Con su recogimiento impondrán al pueblo tal respeto que al acercarse al cortejo se oirá el dulce reclamo de un siseo peregrino que vuela sobre el gentío.

 

Una plegaria silenciosa brotará de corazones sobrecogidos.

 

Hombres de pelo en pecho disimularán una lágrima emocionada al paso de manos enguantadas y pies descalzos o ceñidos de calzado anónimo.

 

Porque los penitentes del Mayor Dolor no desfilan por las calles pregonando quienes son, ellos sólo pregonan, con su piedad y recogimiento, la fe que los ha movido para acompañar al Cristo, la misma fe que a otros movió pero que estos la viven a su manera.

 

Pies sangrantes marcarán el camino de la fuente de amor, pórtico de la Gloria de San Sebastián en el que un Dolor espera el consuelo de una Madre junto a las lágrimas de arrepentimiento de una mujer pecadora.

 

Muda plegaria asciende hacia el cielo de la noche antequerana entre humos de bengalas que se consumen mientras los hermanacos van entrando en el templo.

 

¡Cristo del Mayor Dolor!

¡Madre que estás a su vera!

A vosotros yo recurro,

igual que la Magdalena

recurrió a tí, mi Señor,

para contarte sus penas

con lágrimas en los ojos

pidiendo la redimieras

de sus pecados y faltas

y que desde entonces fueras

consuelo de sus pesares.

Porque desde entonces ella

no te abandonó jamás

y junto a tu Madre y nuestra

lloró siempre sus pecados.

¡Perdónanos nuestras deudas!.

 

Miércoles Santo. Procesión de penitencia, dolor y silencio.

JUEVES SANTO.

 

Historia reciente son los desfiles procesionales de los primeros días de la Semana Santa de Antequera.

 

La tradición había consagrado como días procesionales el del Amor y el de la Muerte, siguiendo los relatos evangélicos y los ritos cristianos, hasta que crecieron las cofradías y hubo de completarse la semana.

 

El jueves de la Última Cena, del Lavatorio de los Pies, del Monumento, el día del Amor Fraterno, LA PAZ recorría las calles de Antequera tras el NAZARENO, hasta que en la nueva etapa pasó a ser el día de DOLORES y CONSUELO.

 

Era costumbre por aquel entonces, entre los hombres del campo, cambiar la sarga por lana oscura para venir al pueblo y rondar a las mocitas que acudían al templo a visitar los Monumentos al Santísimo ataviadas de peineta y vestido negro. Y los hombres adornados con un clavel rojo en el ojal las acompañaban para visitar templos impares y a ser posible, siete, como los domingos de San José, los brazos del candelabro hebreo, ese número infinito y evangélico. Setenta veces siete, deben ser nuestros perdones al hermanos que nos ofende.

 

Y ajustan su recorrido para ver la salida del Consuelo y los Dolores.

 

En el atrio de San Pedro no cabe la multitud que quiere ver al Cristo de la Misericordia y a su Madre del Consuelo.

 

Y cuando en medio del silencio el trono del Cristo de la Misericordia acompañado de las Marías y San Juan emerge vigoroso sobre la multitud y tras Él la Virgen del Consuelo, entre los vivas y aplausos revolotea el recuerdo de otro Juan que hace ahora un trienio, en día de Jueves Santo estando en su lecho oyó en los cristales de su ventana el repiqueteo de aguas cristalinas y al sentir que su Consuelo se mojaba en las calles, se levanta diligente, sin atender a razones ni requerimientos y se echa a la calle porque si su Virgen se moja el no puede permanecer quieto. El lunes de Resurrección recibió su justo premio al ser llamado junto al Cristo, dejando a sus hijos sin Consuelo.

 

En alas de ese amor cofrade, del que Juan fue vivo ejemplo, Cristo y Virgen vuelan camino de Santiago para tener allí un encuentro con su pasión y su Dolor, que hace apenas un momento abandonaron Belén.

 

Majestuosidad y belleza exornadas, como siempre, por un Checa, han salido ya del templo.

 

Tonga de espárragos a sus pies, bajo palio recoleto, dicen que del más puro estilo antequerano, hermosa serenidad ahogando su dolor parece sonreír ante su pueblo invitándolo a sufrir con divina resignación, igual que Ella sufrió en sus carnes los golpes que a su hijo dieron Amarrado a la Columna. Golpes que repitieron cuando en el camino del Gólgota, desfallecido bajo su cruz, cae dos y tres veces al suelo.

 

Poco a poco la multitud se agolpa en la Plaza de Santiago. Los tronos de Jesús Caído y Flagelado dan su espalda al cementerio.

 

Cristo Crucificado mira hacia atrás después de haberlos saludado con suave movimiento.

 

El momento culminante ha llegado. La Virgen del Consuelo asomada a la Carrera lanza a los Dolores un beso que Ella recibe entre cofrades de ambas hermandades confundidos con el pueblo.

 

Es difícil describir lo que se siente en tales momentos. Nudos en las gargantas de hombres endurecidos por el sol y por el viento, que gritarán porque no pueden permanecer en silencio ante Vírgenes benditas a las que sus padres rezaron y en la que sus padres creyeron.

Se recompone el cortejo.

 

Carrera y Encarnación, Estepa y Cantareros y por Lucena se acercan a otro gran momento.

 

Si el Consuelo fue en busca del Dolor, el Dolor, en el atrio de San Pedro, se despide pesaroso del Cristo de la Misericordia y de su Madre del Consuelo.

 

Decía, no hace mucho, en otro momento y lugar, que la Virgen del Consuelo es para mí la mas sevillana de las Vírgenes de Antequera, y la de los Dolores la más conservadora de las nuestras porque respeta su palio tal cual era desde la fundación de las cofradías.

 

Sobriedad antequerana recibe como despedida efusivo abrazo de la multitud y el rítmico baile del palio del Consuelo.

 

Se resisten a irse los hermanacos sin temer al peso que llevan sobre sus hombros. Pero seguirá el cortejo camino de Santiago, oyéndose a lo lejos los vivas y los aplausos del atrio de San Pedro.

 

Y correrán la Vega

y retrasarán el momento

de encerrar a sus titulares

hasta el año venidero.

 

Jueves Santo: día del Amor Fraterno.

 

VIERNES SANTO.

 

No hay alegría sin dolor.

 

Ya en la madrugada del Viernes Santo, Jesús, tras el ágape de hermandad en el que instituye, como testamento, la Eucaristía, tras su Oración y  sudor de sangre en el Huerto, es prendido e inicia el sufrimiento que esa misma mañana será negación de Pedro.

 

Si el Jueves fue día de Amor, el Viernes será de tormento.

 

Y para este pregonero  alegría y dolor tendrá el Viernes Santo.

 

He repetido con frecuencia que efectivamente soy Pregonero de Abajo por crianza y tradición si bien como antequerano vivo y siento todas y cada una de las Cofradías.

 

Este Viernes Santo de 1988 alegría y pesar habrá para el pregonero.

 

Saldrá del Carmen mi Virgen de la Soledad. Y digo mi Virgen porque aunque soy de la Paz, Soledad es el nombre que en mi familia más he oído.

 

Soledad era mi abuela, y hoy lo son mi tía, hermana y primas.

 

En soledad quedó mi familia cuando, por disputa entre hermanos, se olvidó en trágicos momentos el mensaje evangélico que nos habla de Amor y Paz.

 

Un mensaje que me inculcaron mis padres con su ejemplo, rezando por amigos y enemigos y rogando a la Soledad y Quinta Angustia, cuando subíamos a su templo, fueran siempre nuestro Socorro y que la Paz nos hiciera a todos más hermanos en el amor al Nazareno.

 

Y esa Soledad del alma acompañada de rezos de sus antequeranos seguirá, en este Año Mariano, al Santo Entierro.

 

Santo Entierro que no tendrá que esperar termine el encuentro en San Sebastián de los cofrades de Arriba y de Abajo porque, este año, la Paz se queda en su templo. Y ese será mi pesar.

 

Pesar que espero sea precursor de la Paz en ese encuentro igual al que por los años cuarenta hizo derramar lágrimas de emoción a tantos cofrades al ver definitivamente resueltos años de disputas y absurdas enemistades. El próximo año volverá a ser nuestro.

 

Esa Cruz de Jerusalén que el Viernes Santo abrirá el desfile, la veremos entre el pueblo, sintiéndonos orgullosos de ella, y los de Arriba serán el Cirineo que nos ayudará a llevar la Cruz de no ver Santo Domingo abierto.

 

En abril, la Socorrilla nos parecerá más bonita que nunca porque en su rostro veremos fundido el de la Paz y su llanto será el nuestro. Que si la Paz es más fina, la Socorrilla es más serrana.

 

Bajemos las cuestas siguiendo la comitiva y correremos su Vega, antes o después, es igual, de acompañar a la Soledad tras el Santo Entierro.

Y Dolorcitas y el Mudo,

sacristana y sacristán

allá en el Cielo,

se fundirán en un abrazo

por amor al Nazareno,

origen de las disputas

de sebosos y cochineros.

 

Y ese abrazo será Resurrección.

 

DOMINGO DE RESURRECCION.

 

Todo nuestro Credo sería pura falacia si no hubiera llegado el momento en que se abre el sepulcro y a pesar de tantos guardias y tantos sellos Jesucristo confirma, con este hecho, la divinidad del Vía Crucis que, empezando en aquel Huerto no acabó en el Calvario, ni en el Sepulcro, porque, como nos tenía dicho, al TERCER DIA RESUCITÓ DE ENTRE LOS MUERTOS.

 

Y precisamente el Domingo de Resurrección es el más semanasantero, porque esa mañana la Agrupación de Cofradías toma el estandarte y une a todas las Hermandades y al pueblo para cantar por las calles de Antequera un Aleluya resplandeciente, porque el SEÑOR NO HA MUERTO.

 

Durante toda la semana vivimos su Pasión que nos redime de nuestros humanos fallos, recibimos su testamento de Amor Eucarístico, festejamos el camino de la Cruz por miedo al sufrimiento, e incluso como San Pedro lo negamos.

 

Junto a la Cruz recibimos como nuestra a su Madre, arrepentidos de nuestra debilidad y ausencia en los momentos importantes.

 

Y por eso recobramos el ánimo y entonamos el himno de triunfo que proclamará a los cuatro vientos nuestro pregón cristiano de amor y  arrepentimiento, de ayuda a nuestros hermanos y a todo el mundo diremos:

 

¡ALEGRAOS HERMANOS, PORQUE AQUEL QUE BUSCAIS NO HA MUERTO!.

 

EPÍLOGO.

 

Perdonad, hermanos, mi osadía.

Piedad para este pobre Pregonero.

No ha cometido más culpa

que deciros lo que siento.

 

¡Hermanos de Arriba y de Abajo!.

¡Cofrades de los Dolores y del Consuelo!.

¡De la Pollinica y del Rescate!.

¡Del Mayor Dolor, de la Soledad y del Cristo Verde!.

 

Ya que no veré cumplido aquel sueño de coronaciones en el día del Cristo de la Salud y de las Aguas del año en que fui Pregonero, aún me queda la Esperanza, y por Piedad, os ruego, que el colofón de la Semana Santa que pronto celebraremos sea un Domingo de Mayo henchido de Pasión y Gloria y que Junio y Agosto nos traigan Socorro para la Paz y Paz en nuestro Socorro.

Attachments:
Download this file (1988.pdf)(1988) D. Mauel F. León Bailen[(1988) D. Mauel F. León Bailen. Presentación, Datos biográficos, El Pregón]


 
BACK2
LSSICE ¡CSS Válido! XHTML 1.0 Transitional Válido